viernes, 10 de febrero de 2017

La verdadera magia de "Harry Potter"

¡Buenas a todos, bloggeros!

Hoy os traigo algo un poco distinto a lo que os tengo acostumbrados, pero lo cierto es que  llevo un par de meses queriendo darle un vuelco a esto y orientarlo un poco hacia un cauce más profesional, además de, evidentemente, hacerle un poco más de caso al blog y darle más presencia. Hoy me apetece compartir con vosotros este reportaje, que hice el cuatrimestre pasado para una de mis asignaturas de la universidad: teníamos que escoger un tema sobre el que hacer una investigación y realizar un reportaje, y, como buena pottermaníaca que soy, yo decidí que no había tema mejor que Harry.
Os dejo, pues, con mi primer reportaje.

La verdadera magia de Harry Potter

Causas del fenómeno fan conocido como "Pottermanía" e impacto

Todos conocemos, aunque sea simplemente “de oídas”, el fenómeno Harry Potter. Siete libros, ocho películas, una obra de teatro y, ahora, una nueva tirada cinematográfica (cuya primera película se estrenó en España el 18 de noviembre de 2016) para profundizar en la saga del joven mago y que la ha devuelto al candelero de la agenda mundial. Esos libros hicieron famosa a una mujer cuando pasaba por el peor momento de su vida, y cambiaron la infancia de millones de niños a lo largo de todo el mundo.
Pero, ¿qué se esconde detrás de este ingente fenómeno de masas que no solo lo fue en su momento, sino que además se mantiene en la actualidad? ¿Qué impacto real tuvo en esa generación de los años 90, que empezaba a descuidar los libros y las letras a favor de las pantallas de ordenador y las televisiones, esa generación que ha vivido y crecido con las aventuras del joven mago, con Rowling y su mágico mundo? ¿Qué simbolismos, valores y misterios se hallan en las páginas de la saga?
Vamos, pues, a ahondar en el misterio del fenómeno que creó la autora británica, en el impacto que creó en los niños de la famosa generación de los 90, ahora cada vez menos niños y más adultos.
Vamos, pues, a descubrir la verdadera magia de Harry Potter.


Colección de libros y películas de la saga. Fotografía: Naomi Fernández Jiménez

A lo largo de la historia, han sido muchos los autores o los libros que nos han impactado, no solo como individuos, sino también como sociedad. Desde la invención de la escritura y, posteriormente, de la narrativa, esta ha servido como testimonio para la posteridad. Muchos de los autores y libros que han dejado su marca en la historia, sin embargo, no lo han hecho simplemente como mero testimonio. No, en absoluto. Lo han hecho porque han supuesto una revolución en las ideas, valores o las formas de ver el mundo, de reflexionar sobre él: los libros se han utilizado, durante mucho tiempo, como un vehículo para expresar una realidad con la que no se estaba de acuerdo, una sátira convicta, o incluso, como una forma de evadir esa realidad.
Y, sin saberlo, muchos de ellos han creado un fenómeno que sobrevivió (o sobrevivirá) a sus autores. Desde Miguel de Cervantes hasta León Tólstoi, pasando por Emily y Charlotte Brönte o Jane Austen, hasta la autora cuya saga principal es el objeto de este reportaje: J.K. Rowling.

Empecemos por el principio.
En 1990, una joven Rowling imaginó, en un viaje en tren de Mánchester a Londres, la idea una escuela de magos. Surgió de forma espontánea en su mente: tal vez una chispa latente en su subconsciente, avivada por algo que ella misma no ha sabido calificar. Y, con ella, nació el personaje que protagonizaría la saga: un prototipo de Harry Potter, un muchacho que descubría de repente que era mago y que asistiría a esa escuela. Durante los cinco años siguientes, Rowling se dedicó a escribir y desarrollar el primer manuscrito de lo que sería Harry Potter y la Piedra Filosofal, primer libro de la saga. Sin embargo, durante esos cinco años, Rowling también comprobó de primera mano cómo de doloroso puede ser el mundo, o la vida misma: su madre murió, su matrimonio con un periodista portugués llamado Jorge Arantes se vino abajo y ella se vio obligada a regresar a Londres, sola, con un bebé de apenas un año a su cargo. Viviendo de las ayudas proporcionadas por el Estado, y escribiendo en cafeterías londinenses cada vez que conseguía que su hija se durmiera, Rowling completó la novela.

Es una historia lo suficientemente conmovedora como para que Rowling hubiera tenido a las editoriales en el bolsillo al presentar el libro. Pero no fue así. Doce editoriales rechazaron el manuscrito. Hasta que, en 1997, llegó Bloomsbury.

Y, entonces, Harry Potter se convirtió en un fenómeno.

Popularidad entre grandes y pequeños, críticas favorables por doquier y escalofriantes cifras de éxito comercial a lo largo del mundo, además de prestigiosos e incontables premios literarios. Toda una explosión que constituyó un fenómeno masivo. De aquel manuscrito, rechazado por considerarse demasiado extenso como para ser un libro dirigido a niños, a toda una saga que se ha convertido en una marca valorada en aproximadamente 15.000 millones de euros, traducida a más de setenta idiomas y cuyos cuatro últimos libros han marcado récords como los más vendidos de la historia hasta entonces. Si hablamos de los datos de las películas, posiblemente no hablaríamos de otro asunto en el reportaje.

Pero el objetivo de este reportaje, en realidad, va más allá de las meras cifras, más allá de lo que podemos cuantificar. No se trata de enumerar cuántos premios ganó la saga, o cuál fue su impacto a nivel comercial. Se trata, en realidad, de una dimensión mucho más humana, cultural, más conectada a la tierra que a la bolsa y, por tanto, muchas veces desdeñada. Se trata del impacto social que resultó ser la saga: qué hizo por la gente, en qué se convirtió para los niños de los 90, qué valores, símbolos o hábitos les ha infundido. Un par de líneas más arriba, hemos dicho “Y, entonces, Harry Potter se convirtió en un fenómeno”. Pero… ¿por qué?

No fue por los premios. Ni tampoco por el dinero. Fue por los lectores. Los grandes incomprendidos del mundo y que, en realidad, son aquellos con la capacidad para cambiarlo. Ellos fueron quienes cuidaron y mimaron ese fenómeno nacido de la imaginación de una mujer y germinado en las páginas de un libro: los integrantes de una nueva generación de lectores.

Lo cierto es que Rowling impulsó a crear esa nueva generación de lectores, en una época donde ya comenzaba a apreciarse mucho más la cultura audiovisual que la que nace de los libros y se crea en la imaginación. En 2006, una encuesta de la asociación británica Kids and Family Reading Report puso de manifiesto que el 51% de los lectores de Harry Potter de entre 5 y 17 años comenzó a leer por placer a raíz de leer las aventuras del joven mago. Muchos de los niños de los 90 comenzaron un hábito de lectura gracias a la saga: la gran mayoría de ellos no había leído antes de Harry, ni tampoco concebían la lectura como algo que pudiera llegar a ser un pasatiempo. Y entonces, por arte del azar (un regalo de Navidad, de cumpleaños, de una tía favorita, de unos padres por sacar buenas notas o al llegar del trabajo), cae en manos de esos niños el primer libro de ese chico con la cicatriz en forma de rayo en la frente del que habla todo el mundo.

Y ahí empieza la magia, la verdadera magia. El fenómeno.

Por primera vez, los niños que no concebían la lectura como algo ameno, ni entretenido, devoran sus libros como devoran videojuegos o series de televisión. Equiparan su pasión a ellos. Cada libro fue progresivamente más largo que su antecesor, un factor a favor de la creación de ese hábito de lectura: favorecía la concentración, la atención, el interés por saber. Una vez que se ha leído el primer libro, de 254 páginas en su edición española (editorial Salamandra), resulta fácil obviar la cantidad de páginas que se leen en los siguientes (el último libro, de la misma editorial, cuenta con 636).

“Empecé a leer gracias a Harry Potter, y, desde entonces, no he dejado de hacerlo”, dice una de las voces de esta generación, una madrileña de diecinueve años. Y, como ella, miles más.

Poco a poco, esos niños crecieron, junto a la saga y las aventuras de Harry. Para cuando se estrenó la primera película (basada en el primer libro), allá por 2001, los fanáticos acudieron en masa a las salas de cine, con la intención de ver la historia y a sus personajes favoritos plasmados en la gran pantalla. Y no quedaron en absoluto decepcionados, a juzgar por las cifras que engrosó Warner Bros gracias a la cinta. Y, de repente, todo el mundo hablaba de Harry Potter, de la película y, por supuesto, de los libros. El fenómeno se extendía: ya no solo contaba con los fanáticos de los libros, sino también de la versión cinematográfica. Nace, pues, la llamada “Pottermanía” el fenómeno Potter en todo su esplendor. Con la película, mucha gente descubrió la saga, lo cual implicó un nuevo despunte en las ya de por sí enormes ventas de los libros. El fenómeno crecía, mutaba, se expandía. Para el momento en que se estrenó la última película, este ya era un enorme gigante de proporciones comparables al mismísimo Goliath, muchedumbre enfebrecida a las puertas de las salas de cine y librerías incluida. Una auténtica marea arrasadora.

Es en esa muchedumbre donde encontramos el verdadero porqué del fenómeno, la verdadera magia. Volvemos, de nuevo, a los lectores. Esa muchedumbre es, en gran parte, la generación de los 90 que creció con Harry Potter, que hizo suyos los libros, la historia, los personajes. Sus valores.

Rowling no complicó en excesivo la historia, ni su narrativa. Era una línea argumental bastante simple: un muchacho huérfano, de gran corazón, debe, con la ayuda de sus amigos, enfrentarse a un poderoso mago malvado. El bien contra el mal, una de las líneas narrativas más sencillas. La prosa era bastante lineal, sin grandes florituras ni poética: sencilla de comprender, fácil de leer. Esta aparente sencillez (aparente porque, como se denotará después, se pueden extraer muchos símbolos y valores de la saga) provocó más de una crítica hacia la escritora, de aquellos que consideraban que Rowling solo contó con suerte y que no tenía la capacidad para escribir, ni para desarrollar una historia.

También se criticó duramente la línea argumental, los personajes...para resumir, todo aquello que se encontraba en el volumen era susceptible de ser criticado. El más notado fue el crítico literario estadounidense Harold Bloom, quien afirmó en una entrevista (allá por el año 2000) lo siguiente: “Leí apenas una de las obras de esa escritora J.K. Rowling. El lenguaje es un horror. Nadie, por ejemplo, "camina" en el libro. Los personajes van a "estirar las piernas", lo que es obviamente un dicho. Y el libro entero es así, escrito con frases desgastadas, de segunda mano”. Puede que el señor Bloom considerase el manuscrito una obra de segunda mano, pero esta obra de segunda mano convenció no solo a crítica, sino también a sus lectores, quienes saltaron a defenderla como quien lucha en su cruzada particular: en cuanto publicó una crítica negativa a Harry Potter en el Wall Street Journal, le llovieron las críticas (más de 400 cartas), la gran mayoría de ellas procedentes del sector fan.

En este asunto es importante tener en cuenta que simplicidad no es sinónimo de mediocridad. Hay que recordar que, en un principio, Harry Potter era un libro para niños; sí, para niños, ni adolescentes ni adultos. Pero, claro está, los niños crecen; nadie es permanentemente joven (excepto, tal vez, Peter Pan o Dorian Grey, quienes quedan excluidos del muestreo). Y esa historia, en un principio sencilla, se fue convirtiendo en algo mucho más complejo a medida que esos niños crecían…y, con ellos, Rowling, Harry y la saga. No solo en el sentido de que, obviedades aparte, Rowling avanzó y mejoró como escritora a medida que pasaban los años y los libros, sino que también la historia fue cobrando un matiz más maduro, menos infantil. Exactamente igual que la generación de los 90. Para ellos, la saga fue un elemento más de su vida, precisamente porque creció y avanzó con ellos: Rowling se las apañó para conectar con sus lectores en diversas etapas de su vida (niñez, adolescencia, adultez), para conseguir que Harry formase parte de ellos. Creó a un personaje con el que resultaba fácil identificarse: un muchacho tímido, menudo, con gafas, vergonzoso. En cierto modo, bastante corriente. Cualquier niño se habría visto reflejado en Harry, y por eso funcionó tan bien la fórmula.

“Para mí, crecer con Harry significó sentirme un poco menos sola. Era como tener un amigo en papel”.
Otra muestra más del fenómeno.

Recopilemos datos de lo que hemos ido hilando hasta ahora: este fenómeno fan masivo surge de los libros y se expande con las películas. Gracias a esto, muchos niños descubrieron un pasatiempo que no se habían planteado (y que muchos de ellos mantiene en la actualidad con una inmensa voracidad): la lectura. El porqué un niño se obsesiona de tal manera con una historia podría hallarse precisamente en su simplicidad, en particular la de los primeros libros, como afirma María Esther Burgueño en su artículo “El elogio de un libro ruin: El fenómeno Harry Potter” (disponible en Internet), o en la facilidad para identificarse con sus personajes. El porqué la gente identifica a Harry como una parte importante de sus vidas se debe a esa capacidad que logró su autora para conectar con ellos.

Hasta aquí, hemos ahondado en las causas del fenómeno. Pero… ¿y su impacto? ¿Qué crea la saga en esa generación de los 90, aparte del hábito de lectura? ¿Qué huella dejan saga y fenómeno en el mundo?

Vamos a investigarlo.

En este ahondar de las causas ya ha quedado establecido que Harry Potter es y ha sido un fenómeno masivo, una marea que ha provocado un enorme impacto cultural, en gran parte por la implicación de su autora en mantener viva la saga (mediante su web Pottermore), con cada vez más datos e informaciones sobre el mundo mágico en el que esta se desarrolla. Sin embargo, para que este fenómeno fan se produzca y sobreviva, y no permanezca en estado de aletargamiento tras el bombazo inicial, como le ha ocurrido a, por ejemplo, Cincuenta sombras de Grey (saga que provocó un boom en la literatura erótica pero que, según un artículo de La Vanguardia, ha acabado por desinflarse de forma inevitable en este último año), hace falta también una implicación de los lectores, unos lectores que conservan la saga en sus pensamientos, en su forma de ser.

"Rowling me enseñó muchas cosas. Entre ellas, lo importante que es no rendirse, la perseverancia, el respetar a otros".

Y gracias a estas palabras entramos, de nuevo, en un importante matiz del impacto (cultural y educativo) del fenómeno Pottermaníaco. Toda una generación descubrió, en las páginas de esos libros y las escenas de sus películas, una gran cantidad de valores, simbolismos y lecciones de vida que tal vez no habrían interiorizado tan bien de no haber sido por Rowling y su mundo de fantasía.

La sociedad mágica que se presenta en este mundo de fantasía es un amalgama de la nuestra propia, con sus elementos positivos…y también los negativos. A lo largo de toda la saga, Harry, sus amigos y aliados personifican una serie de valores positivos, mientras que Lord Voldemort (el mago malvado y villano principal de la saga) y sus acérrimos seguidores personifican los valores más repulsivos y negativos de nuestra sociedad. En realidad, la lucha del protagonista se basa en una lucha de lo que es correcto, justo, contra lo que es deplorable, injustificable, reprochable. Rowling instaló, de forma consciente o inconsciente, una serie de valores en los niños que leyeron sus libros: tolerancia, respeto, igualdad, amistad, amor, perseverancia y esfuerzo, e incluso el progresismo, la necesidad de movernos hacia delante como sociedad. Se desprecia a aquellos que favorecen la discriminación y el racismo, y que piensan que solo por su origen pueden creerse superiores (como el propio Voldemort o el rival de Harry en la escuela, Draco Malfoy). Es una crítica velada, enmascarada tras un mundo fantástico y hechizos, pero está ahí. Y llega al lector, quien la asume, la reflexiona incluso de forma inconsciente, y, finalmente, la adopta como suya.

En posteriores libros (notablemente el quinto volumen, La Orden del Fénix), Rowling va un pequeño paso más allá, hablando de los problemas que surgen en el sistema cuando la política se empeña en negar la existencia de un problema, un problema grave que puede tener consecuencias devastadoras para los ciudadanos si no se trata, dando, en cierto modo, una visión crítica a los lectores del libro. Destaca particularmente, también en este libro y con mucha fuerza, la necesidad de una educación de calidad, en contra de un adoctrinamiento.

Poco a poco, vamos tachando elementos y valores de la lista: integración, visión crítica con la realidad, reproche a la discriminación, educación. Esto hace una pequeña síntesis bastante representativa de lo que son los valores y símbolos embebidos en la cultura de Harry Potter, pero hay otros dos que no podemos dejar de mencionar, presentes en todos y cada uno de los volúmenes.

Por un lado, encontramos la amistad. Un valor bello y, con frecuencia, poco atesorado, pero que, en esta saga, acapara todas y cada una de las miradas. La amistad del trío protagonista (Harry Potter, Ron Weasley y Hermione Granger) es el motor de todos los libros, la historia, y es lo que, sin lugar a dudas, permite superar todas las adversidades que el protagonista encuentra en su camino. Harry Potter reivindica, por tanto, el valor del trabajo en equipo, la necesidad de contar con amigos, de saber que no se está solo.

Por otro lado, encontramos un inherente poder femenino en los libros. Gran parte de los personajes más grandes, más queridos y más fuertes de la saga son mujeres: desde la práctica, inteligente y poderosa Hermione Granger, hasta la fuerte profesora McGonagall, pasando por la decidida Ginny Weasley y la extravagante y maravillosa Luna Lovegood. Mujeres fuertes, independientes, capaces no solo de negarse a vivir a la temida sombra de un hombre, sino de sobreponerse a eso, de romper por completo con los roles de género. Sin ellas, la saga no tendría sentido, faltaría fundamento. En el colegio en el que estudian los protagonistas hay una gran cantidad de profesoras, con la misma autoridad e inteligencia que sus compañeros, mostrado como algo natural. Una significativa rotura del techo de cristal por parte de Rowling.

La generación de los 90 que leyó a Harry Potter y o vio las películas creció con estos valores. Los asumió como suyos. Y ese es, en la base, la otra gran causa del fenómeno Pottermaníaco.

A modo de conclusión, y para terminar con este simple (pero a su vez complejo) fenómeno, recapitulemos.

¿En qué consiste realmente la magia de Harry Potter?

De este reportaje se deduce que cuando se habla de la magia de Harry Potter no solo se habla de la magia dentro de las páginas o la pantalla. Se habla de las miles de personas que hicieron cola en una librería para comprar un libro, o en una taquilla para conseguir unas entradas. Se habla del respeto reverencial que sienten por la autora, y por esos valores que ella, de forma inconsciente, les inculcó y enseñó a defender a capa y espada (o, en este caso, a capa y varita). Se habla de la capacidad para sentir a un personaje, una historia, como parte de uno mismo. La verdadera magia de Harry Potter consiste, en realidad, en su habilidad para crecer y evolucionar con sus lectores, en su capacidad para enseñar a través de una historia. La saga y sus lectores crecieron juntos: también Rowling lo hizo, como escritora, como contadora de historias. A medida que pasaban los años y los libros, la madurez se iba instaurando por partida triple: Harry, Rowling, sus lectores. La saga creció con ellos. Se convirtió en parte de las vidas de una cantidad ingente de niños (y, en realidad, también de adultos) a lo largo de los 90 y los años 2000, creó en ellos valores inamovibles: la amistad, la importancia de ser perseverante, justo, de no rendirse ante las adversidades ni callar ante las injusticias, lo importante que es la diversidad, la bondad, lo cruel que puede llegar a ser un mundo opresivo y el horror de la xenofobia.

Los lectores hicieron grande a Rowling, e hicieron grande a Harry Potter: ellos leyeron con avidez cada palabra de cada página de los libros, hicieron colas interminables para conseguir cada uno de los volúmenes cuando estos salían al mercado, los convirtieron en los más vendidos, llenaron las salas de cines al estrenarse las películas, lloraron, rieron y sufrieron con cada capítulo, con cada escena. Son los primeros en aparecer en las librerías o en las tiendas de multimedia cuando sale el más mínimo detalle de la saga, y este acapara la atención de los escaparates y las estanterías.

Un auténtico fenómeno de masas: no importa cuántos años pasen, o cuánto crezcan los fans de la saga, puesto que en cuanto aparezca la más mínima señal, el más pequeño rescoldo de un nuevo capítulo en el universo de Potter, ellos están allí los primeros. Sí, los lectores hicieron grande a Rowling y a Harry, pero, a su vez, Rowling y el mago los hicieron grandes a ellos.

Tal vez Rowling no sea la mejor escritora del mundo, y tal vez la historia pueda resultar simple, a aquellos críticos acostumbrados a enormes novelas llenas de profundo contenido psicológico y valores intrincados. Pero, queramos o no admitirlo, los lectores afirman que la saga y la propia Rowling hicieron historia en su vida, en su modo de pensar y ver el mundo.

Hablamos pues, del fenómeno Harry Potter. Y este fenómeno es el responsable de que hubiera adultos llorando como niños cuando leyeron la última palabra del último libro, o cuando la última película se estrenó en las salas de cine. Porque, en un principio, eran eso, niños.

Esa es su verdadera magia.

Una magia que vuelve a verse por las calles ahora, con el estreno no solo de una continuación a las aventuras de Harry y sus amigos, a modo de obra de teatro (Harry Potter y el legado maldito, libreto publicado en España el pasado mes de septiembre), sino también de una precuela (Animales fantásticos y dónde encontrarlos, recientemente estrenada). De nuevo, todos esos niños de la generación de los 90, ahora ya convertidos en adultos, invaden las salas de cine, disfrutan y sufren con Rowling y su mágico mundo.

De nuevo, el fenómeno Pottermaníaco.

Gracias por leer, lectores ;).

Copyright ©: Naomi Fernández Jiménez. Prohibida su copia. No reproducir sin el expreso permiso de la autora o la conveniente citación.

sábado, 21 de enero de 2017

Reseña: Todos los hombres del presidente

¡Buenas, bloggeros!

Ya estamos en enero, un enero frío y del que los fans de Juego de Tronos pueden decir "ya os lo dijimos" sin miedo a que los tachemos de exagerados. Porque ya de "Winter is coming" nada de nada: el invierno ha llegado y nos ha dado un tortazo en plena cara, dejándonos, en mi caso, aletargados y con algún que otro inicio de proceso gripal.
Bueno, vuelvo a la intención original, que me pierdo. Es enero, nuevo mes y, por tanto, nueva entrada: de nuevo, una reseña de un libro, aunque esta vez de un libro que me he leído, en vez de por gusto, por exigencias de la carrera: "Todos los hombres del presidente".
Os hago una mínima introducción antes de meterme de golpe en la reseña: este libro es un relato real, escrito por los dos periodistas que investigaron el llamado "Escándalo Watergate" en la primera mitad de 1970 y cuyas investigaciones sacarían a la luz una amplia red de corrupción financiera y política que acabaría obligando al presidente Richard Nixon a dimitir. Sin saberlo, ambos reporteros construyeron una nueva metodología de trabajo que sería conocida como periodismo de investigación. Os diría que cuidado con los spoilers, pero siendo una historia verídica, no tiene ningún sentido.

Como curiosidad, os digo que lo adaptaron en una película, con Robert Redford y Dustin Hoffman.


Sinopsis:
El 17 de junio de 1972, el reportero del Washington Post, Bob Woodward, es enviado a cubrir una historia para el periódico: cinco ladrones han entrado en el complejo de apartamentos y oficinas Watergate, sede del Paartido Demócrata de los EEUU. Aparentemente, es un robo sin importancia, un suceso casi aburrido.
Al llegar al lugar de los hechos y comenzar a hacer preguntas, sin embargo, Woodward se da cuenta de que los ladrones no son cinco individuos cualquiera: intentaban introducir aparatos de espionaje y uno de ellos incluso parece haber pertenecido a la CIA, mientras otros dos podrían estar conectados directamente con hombres importantes de la administración Nixon.
El asalto al hotel Watergate parece esconder, entonces, una verdad mucho mayor...y más importante.
Al regresar a las oficinas del Post, los editores asignan a Carl Bernstein, reportero veterano, para trabajar con Woodward en el artículo. El editor jefe incita a ambos reporteros a investigar el asunto y a ir más allá de la información que tienen. Como resultado, ambos comienzan, sin saberlo, una investigación sin precedentes que sentaría las bases para el periodismo de investigación moderno, con el objetivo de desentrañar toda la verdad tras el asalto en el Watergate. Un asalto que acabaría por sacar a la luz una red de irregularidades y escándalos financieros y políticos, salpicando al mismísimo presidente de los Estados Unidos y a la hasta entonces intocable administración norteamericana. Por primera vez, el periodismo se irguió ante el poder como esa necesidad de contar toda la verdad...y salió ganando.

Mi opinión:
En mi perfil os cuento que estoy estudiando periodismo, y en esta carrera conocer la historia del Watergate es como conocer las fórmulas simples de titular o los tipos de reportaje; es decir, básico abc. ¿Por qué?
Por dos simples razones: el caso Watergate implicó el verdadero inicio del periodismo de investigación moderno, entendido como esa disciplina que pretende sacar a la luz a personas, asociaciones o actos que resulten ilícitos y perjudiciales para la sociedad; y porque resultó un ejemplo en el sentido de que, por primera vez, la prensa se enfrentaba a la administración, con datos explícitos, comprobados y contrastados, y sacaba a la luz con éxito unas irregularidades que el ciudadano de a pie debía conocer, y salía ganando. El caso Watergate es, por tanto, una victoria ante la corrupción.
Es, también, una leyenda, la leyenda del confidente de Woodward: Garganta Profunda, Deep Throat, en inglés, quien confirmaba al periodista si iban por buen camino en su investigación.
Establecido está, entonces, que "Todos los hombres del presidente" es un clásico obligado en el periodismo. Eso había que leerlo.

El año pasado ya nos hablaron en diversas asignaturas del relato, pero ha sido este año cuando me he leído el libro que explica paso a paso la investigación de Bernstein y Woodward. La historia de cómo llegué al libro es bastante sencilla: debía escoger dos lecturas obligatorias de una lista que nos proporcionaba nuestra profesora de Géneros informativos e interpretativos en prensa, y de ellos, aunque me llamaban la atención la gran mayoría, escogí "Hiroshima", de John Hersey y este, "Todos los hombres del presidente". Mis ganas de léermelo ya venían de antes, y al verlo en la lista pensé que tenía que ser una señal (al más puro estilo de "ya no tienes excusa, leéte ya el dichoso libro").
Tengo que reconocer que lo cogí con ganas, unas ganas nacidas de la pura curiosidad profesional y la expectación; al fin y al cabo, en la universidad me habían puesto el libro muy bien, y yo misma sentía la necesidad de conocer esa investigación de proporciones gigantescas.
Bueno, pues no me decepcionó, si bien tampoco es un libro que estaría leyendo a todas horas.
No es el tipo de lectura a la que estaba acostumbrada antes de entrar a la universidad: yo solía ser más de narrativa fantástica y juvenil (géneros que siguen siendo mis favoritos), y este libro es, en realidad, un reportaje. Es historia, es verídica, no es un "basado en hechos reales". Es la historia de la minuciosa investigación de la propia pluma de sus dos protagonistas. Sí, minuciosa, muy minuciosa: los dos reporteros se enfrentaban a la Casa Blanca. Por tanto, cada mínimo dato que descubrían debía ser contrastado por varias fuentes, sin poderse permitir el más mínimo error (y, en el momento en el que lo cometen, por un despiste, parece que el mundo está a punto de arder).

Me resultó algo difícil de leer, por las siguientes razones: no es una historia amena, porque tiene muchísimos nombres, muchísimos datos, y necesita concentración para enterarte bien de lo que está ocurriendo. Requiere, en ese sentido, una participación activa del lector para que este comprenda y siga de cerca lo que está pasando. Es un libro denso, a pesar de que no es especialmente largo y la narrativa es bastante ágil, pero sí contiene una cantidad ingente de información, y, en ocasiones, tiene pasajes que por ello sí llegan a hacerse pesados. No es un libro que puedas leer de golpe, porque tarde o temprano te satura.
Eso no quiere decir que no lo haya disfrutado: el libro me dejó un buen sabor de boca, me ayudó a comprender muchas cosas acerca del periodismo de investigación y la perseverancia, y me recordó que, muchas veces, nuestro peor obstáculo somos nosotros mismos, no solo los obstáculos que nos puedan poner otros (y, en este caso, les ponen muchos, empezando por el descrédito profesional y terminando por citaciones a juicios, pasando por pinchar teléfonos y contratar vigilancia para los periodistas).
A nivel histórico, es un libro que ayuda a comprender bien ese suceso concreto, porque está muy desgranado, aunque a veces pueda resultar algo confuso por la gran cantidad de datos y la magnitud del suceso.
Su mejor característica es, posiblemente, la creación de un hilo narrativo interesante al que se van añadiendo poco a poco datos relevantes, hasta conseguir la historia completa. Es interesante observar los tejemanejes de los poderosos desde este punto de vista, no solo desde la simple noticia.
Si peca de algo, es, posiblemente, la forma de distribuir la investigación: al lector le parece que las primeras fases están muy alargadas, como si el libro estuviera intentando estirarlas en exceso, y que el final es apresurado, ocurre demasiado rápido.
Hay que mencionar, como curiosidad y aspecto destacable (aparte del evidente trabajo en equipo), los métodos de Woodward y Bernstein para entrevistar a sus fuentes sin ponerlas en un compromiso, en particular, las entrevistas con datos velados (ellos descubrían los datos, y las fuentes confirmaban o desmentían), los encuentros con Garganta Profunda (cada fragmento del libro en el que aparece es fascinante) y las formas que establecían Woodward y él para comunicarse de manera discreta pero ingeniosa.

Conclusiones y nota particular:
Para resumir un poco estas impresiones, puedo deciros dos cosas importantes: es un libro entretenido (pero denso si no os gusta el género), y bastante técnico. Entretenido en el sentido de que proporciona una historia jugosa; muy técnico en el sentido de que el libro es, en realidad, un extenso reportaje sobre cómo indagaron los periodistas en la historia, cada paso de su investigación, punto por punto, cómo tiraron de cada hilo suelto para averiguar y mostrar una información que cambió el destino de un país. Y eso siempre resulta, en cierto sentido, técnico y metódico.

A nivel de ocio y entretenimiento, posiblemente no es un libro que me hubiera leído, o que cualquiera se leería (a no ser que, por supuesto, el lector sea un acérrimo fan de las conspiraciones, las crónicas o los reportajes). Sin embargo, a nivel profesional, y de cara al futuro, es un libro básico en la formación de un periodista: hay que conocer el Watergate, hay que conocer ese origen del periodismo de investigación moderno (que, en palabras de Paul N. Williams, es el periodismo bien hecho), hay que conocer cómo Woodward y Bernstein realizaron su investigación, las fuentes a las que consultaron, los métodos que utilizaron. El valor del trabajo en equipo, la necesidad de contrastar la información, de sacar la verdad a la luz. Hay que aprender, andar antes de correr.

Siendo honestos, todo hay que decirlo, es un libro denso. Muy denso. O tienes interés en la historia, o en el periodismo, o acabarás por dejarlo aparcado. Sin embargo, si es el tipo de libro que te gusta, ya sea por puro entretenimiento, o te interesa el suceso, por mera curiosidad profesional, merece la pena leerlo.

Mi nota para "Todos los hombres del presidente" (como libro de ocio) es:
7/10

Mi nota para "Todos los hombres del presidente" (como libro de formación) es:
8/10

El por qué de las dos notas es terriblemente simple: no puedo llegar a un consenso conmigo misma. Mi parte menos profesional, esa que lee simplemente por el placer de hacerlo, no lo considera un libro propio para su entretenimiento; sin embargo, la parte de mí que se está formando y a la que, a pesar de mis idas, venidas y decepciones varias con la universidad y sus profesores, le gusta lo que hace y lo que hará en un futuro, sí lo considera un libro importante en su propia formación.

Nos leemos, bloggeros <3


lunes, 19 de diciembre de 2016

Reseña: Harry Potter y el Legado Maldito

¡Buenas de nuevo bloggeros!

Lo primero es lo primero: siento no haber podido publicar una entrada en noviembre, pero, si os soy sincera, ha sido un mes y medio bastante complicado. Por lo general, varios de mis profesores tienen la molesta manía de tomarse septiembre y octubre como meses de obligada tranquilidad y, posteriormente, comenzar a mandar trabajos salidos de la nada en el último mes de clase, o intentar meter con calzador más materia porque ven que no les da tiempo a impartirla. Eso sin contar que alguno prefiere darnos acceso a los apuntes en noviembre en vez de progresivamente a lo largo del cuatrimestre...
En resumen, noviembre ha sido un mes de agobio por trabajos, inminencia de exámenes y profesores a los que tal vez haría falta una evaluación pedagógica.
Bien, ya dejo de quejarme, que parece que no vengo a hacer otra cosa, y esta entrada no está pensada para eso, ni vosotros habéis venido a leer mis penas.
Ha pasado mucho tiempo desde que hago una reseña de libros, así que hoy volvemos con ellas y por todo lo alto, en esta ocasión, con una obra de teatro muy especial:


(Cuidado, aunque me he mantenido alejada de prácticamente todos los spoilers del libro, sí hay spoilers de la saga Harry Potter)

Sinopsis:
Para Harry Potter nunca ha sido fácil ser...bueno, Harry Potter. El niño que sobrevivió, el Elegido, que simplemente deseaba ser "solo Harry". Ni siquiera ahora, diecinueve años después de derrotar al mago tenebroso más peligroso de todos los tiempos, puede Harry librarse de los fantasmas que asolan su pasado, un pasado que siempre vuelve. Algo que, por desgracia, el mago debería haber aprendido hace mucho tiempo. 
Un nuevo peligro se cierne entonces sobre el mundo mágico y, en particular, sobre el hijo menor de Harry, Albus, quien además lidia con la larga sombra que proyecta su padre y trata de encontrar, con la ayuda de su mejor amigo, Scorpius, su propio lugar en el mundo...y con él, su propia identidad.

Mi opinión:
Si recordáis alguna de las antiguas entradas de este blog, o me conocéis en persona, sabréis que soy una gran fan de Harry Potter. He crecido con la saga de Rowling, me encanta, y es, sin lugar a dudas, una de mis sagas de libros (y películas) favoritas, puede que incluso hasta llegar al nivel de fanática algo obsesionada en mis "tiempos mozos". Las noticias sobre una obra de teatro que sirviera para enriquecer el mundo de Harry ya habían llegado a mis oídos antes incluso de que se supiera de qué trataría dicha obra, y, por supuesto, la esperaba con impaciencia. Cada detalle sobre ella no hacía más que aumentar mi curiosidad. En cuanto salió y cayó en mis manos (gracias a mi madre y mi tía), la devoré en una noche, pero...en este caso, eso no fue la buena señal que suele ser.

Es cierto que era un cambio particular: una saga fundamentada en libros y solidificada en el panorama mundial gracias a las películas ahora continuaba sobre las tablas, a modo de obra de teatro. Pero, ya puestos a experimentar, ¿por qué no? ¿Qué podía salir mal?
Al fin y al cabo, la idea sonaba bien: Harry Potter, una nueva historia, un nuevo regreso al mundo de la magia.
Sí, la idea suena muy bien...hasta el momento en el que lees el libro.
Si debo ser franca, quedé muy decepcionada con el resultado. Disfruté leyendo, pero no sentí que estuviera leyendo a Harry, ni nada que tuviera que ver con el mundo de Rowling. Para mí, resultó ser una continuación desaprovechada.

Vayamos por partes:
La historia, el hilo argumental, no tiene ni pies ni cabeza. En primer lugar, porque en gran medida contradice algo ya establecido en los libros de la saga, y la explicación para varias de estas contradicciones es terriblemente penosa. El "gran giro final" parece sacado de una trama mala para un fanfic, incluido cierto personaje que resulta ser "el malo malísimo" y que ni siquiera llega a la primera curva de la "m" (y cuya existencia ni siquiera tiene ningún sentido dentro del canon de Harry Potter). Sí, la línea argumental es mala. La historia no es propia de Harry Potter, no tiene su magia ni su chispa. Si hay algo que decir a favor de la narrativa, es que el hilo narrativo está bien llevado, tiene buen ritmo y no se hace pesado, pero sería una de las pocas virtudes.
Sin embargo, el principal problema con la historia de "El legado maldito" es que no llega a dar en el clavo de lo que realmente quiere transmitir, lo que de verdad quiere contar: el que mucho abarca, poco aprieta. ¿Es sobre Albus, quién es aparte de "el hijo de Harry Potter"? ¿Sobre Albus y Harry? ¿Sobre la orfandad, los traumas?
Ni idea.
La historia acaba y no sabemos exactamente quién es Albus, ni él tampoco lo sabe. La historia acaba y la relación entre Harry y Albus es...rara. Extraña. La última escena entre ambos no transmite nada, y debería haberlo transmitido todo. Te deja indiferente, y eso es incluso peor que dejar un mal sabor de boca.

Los personajes están mal construidos, y ese no es el único problema con ellos: los personajes clásicos, esos que todos conocemos, no actúan como deberían actuar según su carácter, su personalidad, esa que fue establecida a lo largo de siete libros. Algunos de ellos, incluso, pierden parte de la evolución por la que pasaron en la saga.
Ron Weasley, que trabajó durante siete años para dejar de ser el bufón, el amigo tonto, vuelve a ser simplemente eso de un plumazo en la obra. El pobre Ron, que en "Las reliquias de la muerte" por fin fue capaz de sacar el héroe que llevaba dentro, vuelve a verse reducido a un mero alivio cómico que, por no tener, no tiene casi ni presencia en la obra.
Para que os hagáis una idea más clara: ¿creéis que es imposible hacer tonta a Hermione Granger?
Pues la obra lo hace.
¿Creéis que el hijo de Harry Potter y Ginny Weasley puede ser llorica, egoísta, irritante e insoportable? Pues lo es. Albus, incluso después de mostrarnos un carácter totalmente opuesto a despótico e irritante en el epílogo de "Las reliquias de la muerte", es exactamente eso. Un personaje odioso. Es difícil empatizar con él, un crío que no para de llorar como si no tuviera nada cuando, en realidad, lo tiene todo y lo aprecia muy poco. Es incapaz de ver más allá de sus propios problemas, su capacidad para meter la pata supera a la del pobre Neville Longbottom y tiene la empatía de una cebolla y "la capacidad emocional de un ladrillo" (por citar a Hermione). Albus se queja porque no entiende a su padre, pero tampoco se molesta en comprenderle, ni en hablar con él por mucho que Harry lo intente, por mucho que insista. No conoce a su padre y, sin embargo, le juzga sin miramientos. Albus no soporta ser "el hijo de Harry" pero, a su vez, la única manera según la cual sabe vivir es comparándose a sí mismo con su padre. No sabe ser otra cosa, ni tampoco quiere.
Mejor no mencionamos a Rose Granger-Weasley. De verdad, es mejor ni mencionarla. Cómo puede la hija de Hermione Granger tener semejantes prejuicios y esa actitud elitista y ególatra es algo que no seré capaz de entender en mi vida. Si Albus es inosportable, Rose podría superarle; ella, y su ego. Gracias al cielo que sale poco: si tengo que lidiar con Albus y Rose durante toda la historia, lanzo el libro por la ventana.

De mano de los personajes, sin embargo, encontramos dos de los grandes descubrimientos de "El legado maldito": la profundización en la redención de un Draco Malfoy mucho más humano (que en los libros había quedado en el aire, y que, a mi entender, habría sido un punto no solo interesante, sino también necesario), y su hijo, Scorpius.
Si bien Albus es irritante e insoportable hasta decir basta, Scorpius es un amor de niño. Es imposible leer "El legado maldito" y no querer a Scorpius; torpón, dulce y amante de los libros, además de la voz de la razón que tanto le falta a la historia. Gran parte de la obra es sobrellevable gracias al único hijo de Draco; un buen punto a favor de la continuación, a pesar de que nos metan con calzador que está colado por Rose (cuando es muchísimo más evidente que, narrativamente, Scorpius hace mejor pareja con Albus, con quien tiene una relación fomentada y, esta vez sí, bien desarrollada en la obra), con la debe interactuar unas dos veces en la obra.
Otro punto a favor es Harry. Harry y sus traumas, cómo estos se tratan en la obra, Harry y lo mucho que ha sufrido durante su vida, y cómo eso le ha marcado, cómo le ha hecho quien es, para lo bueno...y lo malo. Harry, que intenta hacer lo mejor para su hijo aunque tome decisiones equivocadas, porque no es perfecto. Nunca lo ha sido. Ese era el gran matiz de Harry, el que lo hace tan humano: Harry no es perfecto, toma decisiones, buenas o malas. Se equivoca. Se siente perdido a la hora de lidiar con un hijo difícil, como se sintió perdido cuando tuvo que luchar contra un basilisco, contra un dragón, contra Voldemort. Harry siempre ha sido un personaje muy humano, y, gracias a dios, eso no se ha perdido en "El legado maldito" (si me desvirtúan a Harry ya es que lloro). Aunque, como fan incondicional de Harry que soy, debo quejarme respecto a un determinado momento en el final: ¿acaso el pobre muchacho no ha sufrido ya suficiente? Es que son ganas ya de torturarle al pobre, por favor...

Hablaros de los antagonistas sería haceros un spoiler demasiado grande, así que solo comentaré un pequeño matiz que ya he mencionado anteriormente: el antagonista principal es penoso. Sí, penoso, porque su propia existencia es terriblemente absurda, un sinsentido que, siendo honesta, no comprendo de ninguna de las maneras. Podría haber habido miles de villanos más interesantes: antiguos mortífagos, ovejas descarriadas del rebaño de Voldemort, hasta una ameba maligna...y nos encontramos con este "villano". En fin...
Sin comentarios, su Señoría.

Conclusiones finales y nota:
Es complicado continuar una saga con tan grandes espectativas; era muy difícil seguir con la magia. Pero había muchas formas de hacerlo, y esta historia no era una de ellas. Desde luego, no podía ser la mejor de ellas.
Lo cierto es que "El legado maldito" no aporta gran cosa al universo de Harry. No es una digna continuación de la saga (cosa que no se puede decir de su magnífico spin off, "Animales fantásticos y dónde encontrarlos"), sino una continuación desaprovechada y mal elaborada, con contradicciones y sinsentidos página sí y página también.
Es...entretenida. Sí, claro, la obra es entretenida. Pero tiene un gran problema: no parece parte de Harry Potter. Carece, en gran medida, de la magia que se respira entre las páginas de los otros libros de la saga, del encanto de sus personajes, del gran arco argumental de su historia.
El argumento parece sacado de una historia de fanfic, sin contar con las múltiples meteduras de pata con respecto al argumento de las novelas originales, el villano es penoso, los personajes tienen momentos en los cuales parecen otros completamente distintos, y uno de los protagonistas principales (Albus) es odioso, dejando al otro (Scorpius) lidiar con toda la carga narrativa y emocional, con toda la empatía que debe proporcionarle al lector. De nuevo, se nos reiteran aspectos ya muy exprimidos en el universo (Snape y su sacrificio, historia que no puede resultar ya más cansina, además de las ganas de evangelizar al personaje, ganas que, en mi humilde opinión y a riesgo de que me coman en internet, no se merece) y se pasan por alto otros que podrían llegar a ser interesantes (Teddy Lupin, Hugo Weasley y demás personajes nuevos, desaparecidos en combate).
Esto no quiere decir que no tenga sus cosas buenas: tiene una dosis de humor y drama bastante equilibrada, se juega bien con los tiempos, y aporta una serie de matices bastante importantes. Entre esas cosas buenas, destacan Scorpius, el reproche a Dumbledore por parte de Harry (algo bastante necesario tras los eventos de "Las reliquias de la muerte") y la conversación entre ambos, la redención de Draco, las interacciones Harry-Ginny y Ron-Hermione, el hecho de mostrar cómo Harry lidia con sus propios traumas derivados de vivir una infancia abusiva.
Pero, por desgracia, esos aspectos buenos no compensan los aspectos malos. Debido a ellos, sobre el papel, la obra cojea a más no poder. Verla en puesta en escena debe ser espectacular, y puede que eso sea el factor determinante a la hora de mejorar la concepción del fandom sobre ella. Pero, hasta entonces, y con todo el dolor de mi corazón, no puedo apreciar "El legado maldito" como aprecio el resto de títulos de la saga.

Mi nota para "Harry Potter y el legado maldito" (con una terrible tristeza) es:
4/10

viernes, 21 de octubre de 2016

Review: "Un monstruo viene a verme"

¡Hola, bloggeros!

Para esta tardía entrada de octubre os traigo una nueva review de cine, esta vez, con una película que se ha estrenado recientemente y que está cosechando éxitos tanto entre el público como entre la crítica. Se trata de la exitosa "Un monstruo viene a verme", que tuve la oportunidad de ver el sábado pasado...y que no me dejó en absoluto indiferente. (Ya que la película aún está en cines, voy a intentar mantenerme alejada de los spoilers)


Ficha técnica (aka. Info general):

"Un monstruo viene a verme" ("A monster calls", en inglés) es un largometraje fantástico basado en el libro homónimo de Patrick Ness (también guionista de la película) y la idea original de Siobhan Dowd. Está dirigida por el español J.A. Bayona y protagonizada por Lewis MacDougall, Felicity Jones, Sigourney Weaver y Liam Neeson, entre otros. La música corrió a cargo de Fernando Veláquez.

Argumento:

Conor O'Malley se ha visto obligado a asumir una responsabilidad que ningún niño de doce años debería tener sobre sus hombros: llevar sobre sus hombros el peso de un hogar, debido a la enfermedad de su madre y la ausencia de su padre. Por si fuera poco, Conor sufre acoso escolar constante, y es un niño solitario, sin amigos, totalmente encerrado en su terrible situación.
Una noche, a las doce y siete minutos, el enorme tejo que hay frente a su casa, en el cementerio, se levanta de sus raíces y toma una curiosa forma humanoide. Este peculiar ser se acerca a Conor y le explica que aparecerá para contarle tres peculiares historias, a cambio de que, cuando acabe, Conor le cuente una cuarta, "la verdad de Conor O'Malley".

Reseña general:

Si no habéis estado muy desconectados del mundo últimamente, seguro que habéis oído hablar de esta película. Era una de las grandes esperadas del año, y, además, ha recibido muy buenas críticas.
Yo reconozco que no tenía intención de verla; no me había leído el libro y, con lo sensiblera que soy, suelo evitar las pelis lacrimógenas por mi salud emocional (y la de mis cajas de pañuelos). Sin embargo, hubo gente de mi entorno que me dijo que estaba bien, y, cuando el fin de semana pasado quedamos mi novio, un amigo y yo para ir al cine, mi amigo me dijo que le apetecía ver esta película.
Así que nos metimos a ver "Un monstruo viene a verme", y, la verdad, no me decepcionó en absoluto.
Fue mucho más de lo que me había esperado: una historia real y desgarradora, con actuaciones impecables y efectos especiales bien llevados...y muy bien usados. Además, de, por supuesto, impresionantes.
Un punto a favor de estos efectos fueron la extraña versatilidad que le dan a la historia (una historia tan de la vida real y que, sin embargo, mexcla elementos fantásticos), no solo a la hora de crear un monstruo tan peculiar, sino también a la forma de utillizarlos para crear las historias que el tejo cuenta a Conor.
Sí, es cierto, lloras con la película.
Y lloras mucho.
Siempre que seas un sensiblón o una persona muy emocional (como una servidora, que se tiró toda la película con la lagrimilla en el ojo y a veinte minutos del final se echó a llorar como si fuera una fuente) llorarás como si no hubiera un mañana. No recuerdo haber llorado tanto y tan de seguido con una película.

Es una trama dura; al fin y al cabo, la madre de Conor está enferma de cáncer, su padre vive en Los Ángeles y apenas ve a su hijo (y no está muy por la labor de sacrificar su rehecha vida fácil por los problemas que pueda tener su hijo), y la abuela de Conor, el único familiar cercano que queda, tiene un carácter un tanto difícil. Sí es cierto que por momentos notas cómo va creciendo la tensión hasta el momento cumbre, cuando ya empiezas a llorar a lágrima viva, y es esa tensión la que hace la trama un poco tortuosa. La inquietud, la espera, la construcción de tensión, es lo que mata tanto a Conor como al espectador.

Reconozco que me sorprendió gratamente la parte en la que el monstruo le cuenta a Conor la primera historia: la forma de contarla (mediante unos bonitos efectos especiales basados en la acuarela, un tema recurrente en la película) me pareció bonita y original. Todas las historias tienen un giro que demuestra cómo de compleja es realmente la naturaleza humana, y me parece una lección muy bella, muy a la orden del día. No todo es blanco ni negro, nada es fácil. La verdadera historia de Conor puede resultar sencilla de entrever, pero eso no quita que sea un aprendizaje muy necesario. A veces, solo queremos romper cosas. Y tal vez debemos.

La ambientación es muy bonita; se realiza un buen aprovechamiento de los paisajes para denotar el estado de ánimo de Conor. Para mostrar su soledad, se confía en la poca profundidad de campo, en los fondos desenfocados, haciendo destacar a Conor en la pantalla, y es una decisión muy acertada.
La actuación de los principales es sublime. El debutante Lewis MacDougall hace un buen papel como Conor; interpretar a un niño solitario y torturado, con tantas cosas a sus espaldas, no es fácil, pero el actor lo aborda como si lo fuera. Tampoco es fácil el papel de la abuela, un personaje con muchísimos matices y una importante dualidad, pero Sigorney Weaver ha sabido meterse al espectador en el bolsillo con su interpretación. Los dos protagonizan una de las escenas más bonitas de la película; la otra corresponde a una entrañable Felicity Jones como la madre de Conor. Del resto de actores, la verdad, ni fú ni fá (como decimos en mi pueblo). El doblaje del monstruo corre originalmente a cargo de Liam Neeson, y aquí, en España, hicieron muy buen trabajo en su traducción y doblaje; es muy bueno, tanto como para poner los pelos de punta al espectador.

Trama, ambientación, actores...¿qué me queda en esta reseña típica mía (es decir, parrafada extensa)?
Ah, sí, cierto. Los personajes.
Una característica de los personajes de la película es que, en primer lugar, no hay un exceso de personajes, ni la historia lo exige. Hay pocos, y el filme maneja bien esos pocos personajes. La segunda característica es que son personajes muy humanos, con dolor y pesares humanos, muy realistas. Conor podría ser el hijo de tu vecina enferma, que, además, sufre bullying en el colegio sin que nadie parezca percatarse de ello; es muy triste, la verdad, la situación que sufre este pobre niño. A lo largo de la película, Conor lucha contra su propia ingenuidad e inocencia: no es un niño, pero tampoco es un adulto. No todavía. Y, sin embargo, la situación le obliga a crecer, a afrontar situaciones que un niño no debería afrontar.
La madre de Conor, Lizzie, es un personaje muy dulce, tal vez demasiado optimista, pero todo lo que ella pretende es proteger a Conor. No entraré en si la forma en que lo hace es correcta o no (porque sería spoiler), pero sí diré que su relación con su hijo es preciosa.
Una de las grandes revelaciones de la película fue, para mí, la abuela de Conor. Es un personaje del que tampoco esperaba gran cosa, la verdad, pero que me sorprendió para bien: tiene tantos matices, que es imposible no interesarte por ella. Conor y ella forman un tándem particular.
En cuanto al monstruo...lo cierto es que el monstruo me parece toda una fuente de sabiduría. Es un personaje muy curioso, peculiar. No me esperaba el tipo de personaje que encontré, y me gustó, debo admitirlo.
Como personajes que no me gustan (y a los que tenía bastante atravesados) tenemos al padre de Conor (del cual solo diré que es un impresentable, y que cada vez que aparecía me llevaban los demonios) y el acosador de Conor. No le entiendo, pero tampoco sé si quiero entenderle. @NeryRadioactive, en su reseña a la película (que podéis leer aquí) dijo que el actor escogido no pegaba nada con el personaje que ella había imaginado al leerse el libro, y, que en este, era más interesante. Yo, como espectadora que no ha leído el libro, sí que digo que me dejó fría como personaje, y tampoco me pega como compañero de clase de Conor (más que nada porque le saca varias cabezas a prácticamente el resto del reparto infantil). No tiene nada de peculiar: es un criajo matón y punto.

Conclusiones finales y nota particular:

Sintetizando y siendo honestos: la película es muy, muy bonita. No aguarda grandes sorpresas en torno al argumento (es cierto que puede pecar de predecible, pero es que no es una historia pensada para sorprender o ser impredecible), y es emocionalmente muy cargada, pero tiene un tratamiento de la realidad muy especial. Es muy cruda, porque la historia es cruda; es muy real, e, irónicamente, la fantasía que se le aplica a la historia solo la hace más real.
Es, como tal, un relato desgarrador. No esperéis un final perfecto; no lo encontraréis, porque esta película es como la vida misma: bonita y desgarradora a partes iguales. Deja una sensación agridulce en la boca del espectador y, en mi caso, lo primero que hice al llegar a casa fue ir a abrazar a mi madre. Es, sobre todo una elegía al amor madre e hijo.
Solo por la relación que establece Conor con el monstruo y su abuela, y la que tiene con su madre, ya merece la pena verla.

Mi nota para un monstruo viene a verme es:
8/10



jueves, 15 de septiembre de 2016

Reflexionando: de papagayos y obras literarias

Buenas, bloggeros.

Para esta entrada de septiembre (sí, estoy intentando ser constante y publicar al menos una entrada cada mes) os traigo algo que no suelo hacer, pero que, la verdad, me gustaría hacer más a menudo. No es una reseña, ni una crítica exactamente, aunque sí es una locura de las mías, un delirio que nació como un pensamiento en la parte posterior de mi cabeza y que, sin embargo, me ha tenido reflexionando durante un par de días, recuperando otras reflexiones que ya he tenido alguna que otra vez. Y he decidido ponerme a escribir sobre ello, porque alguien tiene que decirlo.



Esta semana se celebra, aquí en Madrid, la convocatoria de selectividad de septiembre (las pruebas de acceso a la universidad, como les dio por llamarlo hace un par de años), y eso me ha hecho pensar, reflexionar. Pensar no solo en cuando yo estuve allí sentada, en cómo lo viví, yo o mis compañeros de clase, mis amigos, sino también en cómo llegué hasta allí.

La historia es bastante simple, bastante típica. Fin de la secundaria, la  típica pregunta de "¿Qué quieres hacer ahora?" y la básica respuesta de "Bachillerato, claro. Y luego la Universidad".
Y entonces llegamos a Bachillerato. Si preguntáis a determinadas personas, os dirán que Bachillerato fue un infierno. Otras os dirán que, bueno, no es tan malo. Y entonces pensaréis: ¡qué exagerados los que lo califican de infierno!
Bueno, sí...y no.
Bachillerato puede llegar a ser un infierno, si te hacen vivirlo como tal. El principal problema que tenemos en la forma en la que se enseña Bachiller en nuestro sistema educativo es que lo más valorado es la capacidad del alumno para repetir como un papagayo, para memorizar y vomitar en un examen lo más rápido posible. Hay profesores que incluso tienen la mentalidad de que si se lo pones tal y como ellos te lo dieron en los apuntes, mejor nota sacarás (y que, os aseguro, lo hacen). Otros son más coherentes, y, si lo explicas a tu modo, si eres capaz de entenderlo, te ponen exactamente la misma nota. O mejor. Porque saben que lo entiendes.
Y ahí es precisamente donde yo quiero llegar.
Aprender no se basa en vomitar la información y olvidarla según sales del examen.
No. No, no y no.
Aprender es mucho más que eso, es mucho más que un único examen (o una tanda de exámenes), y debería ser más respetado. Sin embargo, el sistema parece haberlo olvidado. Alguno pensará que es más fácil así: dadles a los críos cuatro cosas para que memoricen, que avancen en los cursos y que cuando lleguen al mercado laboral, sean fáciles de manejar. Esa idea, enmascarada por palabras vanas o no, es repugnante. Mejor no comentar el panorama actual, que no es mucho mejor que el anterior, porque seguramente me encendería demasiado, y no hay que perder la compostura (en teoría). Claro que es terriblemente deprimente que los chicos de segundo lleguen a clase y se encuentren con que no tienen ni idea de a qué se enfrentarán a final de curso, ni mucho menos de cómo tendrán que afrontar el curso.

¿De qué te sirve un curso entero, dos cursos enteros, en los que lo único que hacen es prepararte para un examen? ¿Para que simplemente seas capaz de expresar en un papel durante dos horas todo lo que hayas memorizado si luego lo vas a olvidar tres minutos después? ¿Acaso eso merece la pena?
Aún sigo buscando la respuesta, porque, para mí, ese planteamiento no tiene ningún sentido, igual que tampoco tiene ningún sentido que se valore más el Bachillerato y/o la Universidad que un grado superior; en mi carrera he conocido a gente con grados superiores chulísimos y que me han dejado con la boca abierta al explicarme lo que hacían en los grados. Y, en cierto modo, me han dado envidia.

En mi caso particular, yo siento que el Bachillerato no me preparó para el mundo real. Fue todo muy teórico, muy poco aplicado a la vida real, a la práctica.
¿Si para mí fue un infierno? No. Fueron un infierno la presión, las veintitantas veces que llegué a oír "PAU" en un solo día (sí, llegué a contarlas), la sensación de que si no conseguías memorizarlo absolutamente todo y conseguir una nota estupenda eras un fallo. La asignatura que se te atragantaba y no conseguías sacar ni por las buenas ni por las malas. Eso sí fue un infierno. El problema no está en Bachillerato, sino en cómo orientan Bachillerato, en cómo orientan la enseñanza en general, sea el curso que sea. Estos dos cursos, en particular, están pensados para superar un examen, que es la PAU. Supuestamente, su misión es también prepararnos para la universidad. Pero eso es pierde por el camino. Y, la verdad, es muy triste. Es muy triste que se pierda a gente capaz por el camino, simplemente porque es incapaz de memorizar absolutamente todos los autores de teatro anterior al año 1939.
Recuerdo que, cuando mi madre volvió de la reunión de principio de curso (segundo de bachillerato), volvió diciéndome que, tal y como habían hablado mis profesores, parecía que íbamos a la guerra en vez de a afrontar un nuevo curso. Hubo una madre incluso que preguntó si sabíamos a lo que nos enfrentábamos. Por dios, que era un curso en el instituto, un conglomerado de exámenes, no una bomba que teníamos que desactivar. Claro que, tal y como varios de los profesores trataron el tema durante el curso, sí que parecía que íbamos a desactivar una maldita bomba. Daba la sensación de que si no superábamos la PAU, se acabaría el mundo. Nos hacían sentir así, y eso era una maldita estupidez. El mundo no se acaba simplemente porque tengas un mal día en un examen. Te fastidia, te obliga a reorganizarte, pero no se acaba. No eres menos por no sacar un diez. Habrá otra cosa en la que tú puedas dejar por los suelos a los demás. Pero eso, pocas veces te lo dicen.

La encontré hace mucho tiempo y es tan real que duele


Con todo esto que os estoy diciendo, cabe denotar un matiz: no digo que el Bachillerato no te prepare en absoluto, o que sea una pérdida de tiempo. Digo, sin embargo, que no te prepara tanto como podría, o como debería. Si volviera atrás y supiera lo que sé ahora, posiblemente haría un grado superior antes de entrar en la carrera; en mi carrera actual, posiblemente me sería mucho más útil. No le ocurriría lo mismo a alguien que estudiara ingeniería, o medicina, alguien que, posiblemente, sí os diga que el Bachillerato los preparó de forma, al menos, decente.
Lo que sí está claro es que debería cambiar, pero no de la forma en que va a cambiar con la nueva ley. Eso, desde luego, no es un paso hacia delante, ni una mejora; es un atraso terrorífico. Solo añade un proceso de selección más arduo, solo desmotiva más a los alumnos. Se ha luchado mucho por una educación decente y gratuita, y se la están cargando sin ningún remordimiento.Qué os puedo decir; solo que es triste. Muy triste.

En fin, bloggeros, estas son mis reflexiones de septiembre, mi extraña filosofía, que hoy quería compartir con vosotros. Gracias por leer esta enorme parrafada <3

Nos leemos, chic@s.

miércoles, 10 de agosto de 2016

Review: "Atlantis, el imperio perdido"

¡Buenas, bloggeros!

Espero que estéis pasando un buen verano (a pesar del sofocante calor) y que estéis aprovechándolo al cien por cien. Hoy vengo con una crítica a otra de mis películas favoritas y que, como me suele pasar casi  por normal general porque debo ser bastante gafe, está también muy infravalorada: "Atlantis: el imperio perdido". Cuidado, seguro que hay spoilers.



Ficha técnica (aka. Info general):

"Atlantis: el imperio perdido" ("Atlantis: The lost empire", en inglés original) es una película de Disney (yo haciendo reviews de Disney, qué raro...), dirigida por Gary Trousdale y Kirk Wise, y estrenada en el año 2001. La banda sonora corrió a cargo de James Newton Howard (y, por supuesto, me encanta, cosa que me pasa con casi todas sus bandas sonoras: siempre que digo "uy, esta banda sonora me gusta" y busco de quién es, me encuentro con este gran artista).


Argumento: 

1914, Estados Unidos. Milo Thatch, un joven cartógrafo y lingüista, pasó gran parte de su infancia escuchando las historias y leyendas que le contaba su abuelo, el explorador Thaddeus Thatch. Una de ellas en particular se ha convertido en la espinita en su costado ahora en su adultez: la leyenda de la Atlántida, el continente perdido en alguna parte del Atlántico tras sufrir un cataclismo. Encontrar este particular imperio perdido es, para Milo, tanto un sueño como una obsesión.

Por ello, Milo trata, sin éxito, que el museo para el que trabaja (y que le infravalora a más no poder) le financie una expedición para encontrar el diario del Pastor, un relato mítico que describe el paradero exacto de la Atlántida y cómo llegar hasta ella. Cuando los peces gordos del museo vuelven a ningunearle, un excéntrico millonario, gran amigo del fallecido abuelo de Milo, le ofrece a este la oportunidad de su vida: no solo le entrega el Diario del Pastor (que su abuelo ya había encontrado) sino que decide financiarle una expedición para encontrar la Atlántida.
 Sin dudarlo,ávido de conocimiento, Milo se embarcará en un emocionante viaje para encontrar la civilización con la que tanto ha soñado. Por el camino, nuestro torpe estudioso conocerá el verdadero significado no solo del conocimiento y la traición, sino también de la amistad.


Reseña general:

Haciendo esta reseña, no puedo evitar acordarme de la que hice sobre "El Planeta del Tesoro", donde también mencioné "Atlantis". La verdad, ambas películas han sido comparadas muy a menudo: ambas fueron muy castigadas tanto por la recaudación como por la crítica, y se las considera dos de las grandes olvidadas e infravaloradas de Disney (cosa que me enerva ligeramente, por usar un eufemismo) simplemente porque no son exactamente el tipo de largometraje que Disney acostumbraba en el momento: el protagonista es un chico, además de algo inadaptado (Jim es un "macarra", Milo es un "nerd"), prima la aventura y el viaje de autodescubrimiento, así como la amistad, sobre el romance. Precisamente por esos rasgos, a mí me parecen grandes películas, ambas, y las dos son grandes componentes de mi infancia.

A nivel gráfico, es una película con un estilo de dibujo diferente, mucho más anguloso y geométrico, pero bien llevado: se crea una imagen curiosa, poco típica. La paleta de color se centra muchísimo en los azules, los marrones y los verdes, quedando una combinación curiosa y que casa con facilidad, que ayuda a dar la ambientación de aventura.

La trama es ágil, pero bien llevada: los personajes tardan casi cuarenta minutos en llegar a Atlantis, pero no se hace pesado en absoluto. No es de esas películas aburridas, en las que la acción recae de tal manera que el espectador se aburre soporíferamente. No, Atlantis no recae en ningún momento: la línea narrativa es ágil, dando tensión en los momentos de tensión, curiosidad en los momentos de curiosidad. Con un prólogo misterioso, presenta una serie de preguntas que deja en el aire para resolverlas a medida que va pasando la película. Está bien narrada.

Sin embargo, en realidad, es incluso algo complicada: no me refiero a complicada porque sea difícil de entender, ni tampoco al viaje de aventura y autodescubrimiento de Milo, sino porque tiene muchos matices. Si nos paramos a pensarlo, Milo es una mente brillante desaprovechada y ninguneada en un trabajo que, sinceramente, apesta; se menciona la selección natural de Darwin (algo que un niño no entenderá realmente, en un contexto que casi roza el darwinismo social, algo muy común en la época en la que se enmarca la película y que será un dolor en la sociedad del siglo XX), la divinidad (el tema del Cristal de Atlantis es uno de los aspectos más interesantes de la película, con la convergencia de todos los predecesores en un único ente divino, aunque, de nuevo, es un tema que un niño no comprende del todo, al menos, no con todo su alcance)...e incluso se toca el tema de saquear riquezas por el bien cultural. El verdadero villano de la película enmascara sus codiciosas intenciones en este asunto, algo que, por desgracia, es muy habitual en el mundo en el que vivimos y en el que nos movemos: posteriormente, también se menciona, de forma velada, la venta de armas a países por pura avaricia (el señor dinero, que todo lo mueve y todo lo puede), sabiendo lo devastadoras que pueden ser. La película ilustra, de forma bastante explícita, el choque entre la búsqueda por necesidad de saber y por comprender la cultura, y la búsqueda por codicia y beneficio personal. Entre medias, nos encontramos con valores como la amistad, la justicia, las decisiones.

La ambientación y los paisajes, especialmente una vez que llegan a Atlantis, son impresionantes, realmente bonitos (como podéis comprobar en las imágenes que os he ido dejando para suavizar el mazacote de texto, porque suelen decir que una imagen vale más que mil palabras). Dicen que una imagen vale más que mil palabras y, en este caso, me ceñiré a ese mismo dicho para que juzguéis vosotros mismos:

Atlantis, como la joya cinemátografica que, en mi opinión, es, se debe a los impresionantes gráficos, al colorido, al tratamiento de personajes poco típicos (y a dotarlos de una gran expresividad), a una trama rica en matices pero que no pierde de vista su línea narrativa principal. Y, por supuesto, a la creación de toda una sociedad y una cultura y mitología la mar de interesante en lo que respecta a la Atlántida de Disney: le da un toque mítico, único.

Y eso nos lleva a los personajes.

A falta de una foto mejor de la banda, he acabado por poner esta

En primer lugar, tenemos a un héroe Disney muy poco habitual: Milo. Milo es un nerd. Un empollón. Un cerebrito. Es torpe, se traba con las palabras, está falto de confianza. Es un soñador. No es el típico machito cachas, ni el principito de turno. Y por eso me encanta como personaje. Es atípico, diferente: no resulta difícil ni encariñarse con él, ni identificarse con él. La historia se basa, principalmente, en su viaje, no el que le lleva a descubrir su sueño, sino el que le lleva a descubrirse a sí mismo: a lo largo de la película, Milo es el personaje que más evoluciona y que más aprende, y nosotros con él. Pasa de ser el "chico de la caldera" a ser el héroe que salvó Atlantis. A mí en particular me parece un gran modelo de conducta para los niños.

Como contrapartida de Milo, pero igual de ávida de curiosidad y conocimiento que él, tenemos a la Princesa Kida. Como Milo, Kida está terriblemente infravalorada (en teoría, Disney no la consideró una "princesa Disney" porque su película no es un musical y por el "poco éxito en taquilla", por lo tanto me vais a permitir una expresión del tipo WTF?) y es tan poco habitual como él (al menos, para la época en la que se estrenó la película, allá por 2001). Kida es la luchadora, la guerrera: podría patearte con una facilidad de espanto mientras tú pestañeas. Es segura de sí misma, ácida, fuerte, altruísta...y un personaje increíble. En cierto modo, la línea narrativa la obliga a convertirse en la "damisela en apuros", por una razón noble, pero eso no le resta fuerza al personaje.
Su relación con Milo es preciosa, fluida. Entre ambos se establece una simbiosis para buscar un conocimiento que el otro cree perdido, y en esa complicidad se basa su relación: en aprender del uno del otro, un aspecto muy real en las relaciones y que, muchas veces, pasa casi desapercibido. Algo que llama la atención de esta relación romántica es que no hay un beso: no, no hay beso entre la pareja protagonista en Atlantis. En su lugar, hay un precioso abrazo cargado de sentimientos: una escena que merece la pena ver. Son, como la película y los personajes, una pareja muy infravalorada. Sin embargo, su relación es una de las más bonitas que ha mostrado Disney.

Otro punto a favor de "Atlantis" es la capacidad de crear buenos secundarios, con una historia propia, que casan bien en la historia principal y que acaban siendo tan entrañables como el propio protagonista. En esta película encontramos al amable y diligente doctor Sweet, a la divertida y refunfuñona señora Packard (la cual se lleva la palma de humor ácido, sarcástico y punzante que tanto me gusta), a Audrey (la jovencísima mecánico de la expedición, leal pero fácil de exaltar) y a los divertidos Vinny (uno de mis secundarios favoritos) y Mole (el alivio cómico por excelencia de la película). El señor Whitmore también es un personaje interesante, precisamente porque es todo un excéntrico: muestra una dualidad interesante en la película, entre el ancianillo algo chiflado y gracioso y el hombre mayor que anhela al amigo que perdió y desea honrar su memoria de la mejor forma posible.
El padre de Kida, a pesar de aparecer poco, es un personaje importante a mencionar en un análisis: en él se encarna el peso de las malas decisiones, de la arrogancia, y del miedo. El miedo a la pérdida.

Los antagonistas son, tal vez (solo tal vez) la parte más floja del bloque de personajes (floja, no por ello mala). El villano principal, que si bien se plantea como una sorpresa para el espectador, es un villano...comedido. Incluso, en cierto modo, razonable; es uno de esos villanos que no se alteran en demasía, que se molestan en cubrir sus huellas. Es un villano que tal vez te deja algo frío. Sin embargo, es la villana secundaria la que se lleva la peor parte: está muy desaprovechada. Con Helga, Disney creó una femme-fatale con muchas posibilidades, a la que se podía sacar mucho más partido del que se le saca realmente. Esa es mi queja con respecto a los personajes, y no puedo decir que tenga ninguna más.

Conclusiones finales y nota particular:

El porqué Atlantis es una buena película se puede resumir en lo siguiente: una historia de aventura y descubrimiento (muy inspirada en el famoso "Veinte mil leguas de viaje submarino" de Verne) bien narrada e hilada, buenos personajes, buenos tiempos y espectaculares gráficos. Crea una historia curiosa, especialmente si te centras en la mitología atlante (cosa que podría haber dado para mucho más material, y que, en este caso, se hizo en forma de libros y de una secuela...un tanto cuestionable como película, teniendo en cuenta que en realidad es una unión de tres episodios de la serie que pensaban crear como continuación).
 
Hay muy pocas cosas malas que se puedan decir de esta película, pero las tiene. Una de ellas la he mencionado ya, y es en referencia a los villanos. Para mí, Rourke se queda en la mitad del villano que podría haber sido, y Helga está desaprovechada. El otro aspecto negativo de la película (en mi opinión) es que la mitología atlante está también desaprovechada: la naturaleza del cristal podía haber dado más juego del que da en la película, y su funcionamiento no se llega a explicar con una claridad explícita. ¿De dónde sale, qué es? Ni Milo puede respondernos, ni, en realidad, ningún atlante. Ni siquiera el padre de Kida.

Ninguno de esos fallos quita mérito a la buena película que es, ni a lo mucho que la disfruto cada vez que la veo. Disney no coincide conmigo (evidentemente) pero, para mí, es una imprescindible.

Mi nota para Atlantis es:
9/10

Os dejo con Milo y Kida; nos leemos, bloggeros.